Objetos perdidos

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Ha llegado cabizbajo, arrastrando los pies. Al abrir la puerta, el bullicio de la multitud saliendo del metro se cuela en la oficina. Desde aquí abajo no puedo ver nada salvo todas esas cajas de cartón apiladas, llenas de cosas sin dueño: mochilas abandonadas en un banco de la estación, paraguas plegables, correas de perro, fiambreras, gorras con las iniciales NY bordadas en distintos colores… Sin embargo, sé que se trata de él por el sonido que hacen sus zapatos al acercarse, por cómo carraspea antes de musitar algo que no logro entender. Me encojo bajo un abrigo prestado y asiento con la cabeza a mi salvadora, que se gira con las manos en el bolsillo del chaleco, da los buenos días y se ofrece amablemente.

– ¿En qué puedo ayudarle?

Él responde que ha perdido algo y le han dicho que acudiese aquí. Habla con los labios muy juntos, como un niño que fue advertido y ahora se avergüenza. Se acuerda de todas aquellas historias que yo le contaba, de los dioses que inventaba para él, un panteón de texturas y olores con nombre de ciudad; de los viajes que planeamos en verano, tomando cualquier cosa en el Café de la Estación, para luego quedarse en sueños dibujados en las servilletas de papel húmedo. Se acuerda de él, de mí, de las pocas veces que fuimos realmente nosotros.

La chica le tiende un formulario y le explica cómo rellenarlo señalándole los apartados con el dedo índice.

– Aquí pone sus datos, aquí de qué se trata y aquí abajo una descripción detallada, ¿de acuerdo? Ya sabe, todas las características notables que recuerde. Y aquí cómo perdió lo que está buscando, dónde y cuándo.

Finge no ver cómo él garabatea mi nombre en el margen izquierdo del folio. Primer recuadro. Luego detiene el bolígrafo un instante -tal vez esté buscando entre los estantes algo que le haga recordar de qué color son mis ojos- antes de reducir nuestro fracaso a un par de líneas escuetas y mal redactadas y entregar el formulario a la muchacha del mostrador. Ella lo mira con una ceja ligeramente levantada y dibuja la sonrisa de los casos imposibles.

– Haré lo que pueda, pero no le prometo nada. Si hubieran traído algo así lo recordaría.

Él le da las gracias y ella repite la fórmula ensayada: le llamaremos si aparece. Le cuesta despegarse del suelo para marchar, como si le quedara algo por escribir, una pieza en el rompecabezas de la memoria. Suspira de camino a la salida, pensando que tal vez eso  que no ha escrito era la clave para encontrarme y está desaprovechando la oportunidad. Se resigna, o tal vez la chica de las sonrisas clasificadas le empuja con una mirada insistente hacia la salida.

Solo cuando le ha visto desaparecer calle abajo, las manos en los bolsillos y la mirada perdida, como solía, en un punto indefinido de las líneas de las baldosas, la encargada de Objetos Perdidos me hace un gesto cómplice para indicarme que ya puedo salir de mi escondite.

Arte de: Violeta Voltereta
Puedes ver más en: https://www.facebook.com/violetavoltereta

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