Pena máxima

La ilustración se ha creado artificialmente mediante un algoritmo generativo.

«Son unos absolutos incompetentes», pensaba Rodolfo desde su posición bajo la portería del equipo local, el Atlético Florinés. El equipo rival, que intentaba atacar aunque con escaso éxito hasta el momento, era el Deportivo Club Villaerense. El partido era vital, pues quien resultase perdedor descendería de categoría, y además el empate condenaba a ambos. El Atlético Florinés ganaba uno a cero, pero eso no hacía que Rodolfo estuviese feliz.

Si cualquiera de los que estaban en el estadio en ese momento pudiese leer la mente del portero (ya fuesen jugadores, técnicos, espectadores, vendedores de aperitivos o parte del equipo arbitral), descubrirían que lo de defender la portería no era algo que Rodolfo tuviese intención de hacer en ese partido. Aunque quizá un grupo pequeño de espectadores, no más de dos o tres, sí estuviesen al tanto de sus auténticas intenciones. Entre todas esas cabezas apretadas en el graderío, que seguían maquinalmente la trayectoria de la pelota, emocionados unas veces y otras veces presa del disgusto, era muy probable que se encontrasen las de aquellos con quienes Rodolfo había llegado a un acuerdo para amañar el partido. Rodolfo no podía reconocerlos porque había tratado con intermediarios, pero se imaginaba que serían unas cabezas ocultas bajo gafas oscuras, sombreros y barbas. Unas cabezas a las que el espectáculo del deporte no les importaba en absoluto, y simplemente estaban ahí esperando sacar tajada. El negocio había quedado claro: el Atlético Florinés no podía ganar el partido. Rodolfo había recibido una cantidad modesta pero no despreciable como anticipo, y le habían prometido una cantidad francamente mucho más apreciable si ponía de su parte para que el resultado del partido fuese el que convenía a sus pagadores.

Pero faltaban solo diez minutos para que terminase el partido, y el Atlético Florinés seguía ganando uno a cero. «Cuánta incompetencia», pensó. No le habían chutado un solo balón en todo el partido. Él conocía a sus defensores y sabía que eran torpes. Aún poniendo todo de su parte para hacer bien las cosas, lo habitual era que sus compañeros de equipo cometiesen muchos errores en cada partido. Eso, a priori, jugaba a favor de la confabulación en la que había tomado parte; de otra forma no se hubiese arriesgado a pactar un chanchullo con la mafia. Pero no esperaba que el equipo rival fuese a tener una delantera tan sumamente inepta.

El desencanto de Rodolfo con el fútbol había dejado de ser noticia desde que asomó la primera pelusa en su barbilla. Hubo un momento en la historia, coincidiendo con el apogeo de su añorada infancia, que había sido devoto seguidor de la iglesia del balompié. Su pasión había brillado con intensidad cegadora durante un breve lapso de su vida, pero jamás había podido destacar lo suficiente como para labrarse una carrera reseñable. Recaló en las ligas menores como método de supervivencia. Desde hacía tiempo, se arrastraba por los campos de fútbol como un condenado por el corredor de la muerte, derrotado por la ausencia de nuevas promesas, sin expectativas de revivir antiguas pulsiones. Eran escenarios ahora desprovistos de mística. El balón ya no era la esfera sagrada que había venerado en tiempo de cálidos recuerdos, sino un vulgar elemento de atrezo utilizado indistintamente por narcisistas ensimismados, corruptos de sed inaplacable, pusilánimes desnortados, dirigentes que son delincuentes y tertulianos con evidente trastorno del ego. La maquinaria del hastío había devorado el corazón de Rodolfo. Se sentía desubicado en medio de una tierra de lobos donde acabó aprendiendo a aullar igual que los demás, agarrándose al resquicio de emoción que suponía asociarse con gángsters de medio pelo para intentar amañar el resultado de los partidos.

El partido que lo ocupaba ahora, con el solitario gol del Florinés, no transcurría según el agrado de los tramposos, pero el deporte se reserva en algunas ocasiones giros de la trama que podrían llevar la firma del mismísimo Rey del suspense. El árbitro sancionó una falta en el área del Florinés: penalti a favor del Villaerense. «Por fin un golpe de suerte», pensó. Solo tenía que dejar que el Villaerense anotase el penalti para enderezar el rumbo de los acontecimientos. La gracia del asunto la hallaba Rodolfo en la interpretación. ¿Sería capaz de simular la intención de atajar el balón al mismo tiempo que se las arreglaba para dejar que entrase en la portería? Todo debía suceder en lo que dura un pestañeo. Lo más efectivo era vencerse hacia un lado pero sin alejarse demasiado del centro de la portería, hacer un amago lateral, dejar caer la rodilla opuesta, como desequilibrándose sin remedio, y al mismo tiempo observar con ensayado gesto de impotencia cómo el balón se cuela, inalcanzable, por cualquiera de los lados del arco. 

El delantero pateó, y Rodolfo interpretó con precisión digna de premio Óscar el papel que se había estudiado. Pero algo salió mal. El delantero había ejecutado el golpeo a lo “panenka”: esperando que el portero se tirase hacia cualquiera de los lados, lanzó el balón suave y por el centro. La pelota terminó cayendo mansamente en las manos de Rodolfo, que se había quedado prácticamente inmóvil y, paralizado por la sorpresa de contemplar que el balón se dirigía a su cuerpo, no supo reaccionar de otra manera que atrapándolo como si una pompa de jabón se hubiese posado suavemente en sus manos. «¿Pero cómo se puede ser tan incompetente?», pensó Rodolfo, sin estar seguro de si se refería a sí mismo o al delantero rival, incapaces ambos de hacer bien la tarea que se habían encomendado. Pero su intención de dejarse encajar el gol era secreta y, por tanto, el público rompió a aplaudir asombrado de lo que entendían que había sido un alarde de sangre fría, audacia e intuición. Aunque el estruendo de la ovación fue ensordecedor por momentos, Rodolfo pudo percibir con nitidez cristalina ciertos minúsculos ruidos, murmuraciones contenidas de incomodidad y descontento, procedentes de un grupo pequeño de espectadores, no más de dos o tres, cuyas cabezas se mantenían ocultas bajo gafas oscuras, sombreros y barbas, que no aplaudían pero en cuyo interior ardía un fuego iracundo y a penas contenible.

El partido finalizó poco después con victoria local, y Rodolfo fue protagonista de las crónicas del día después: un salvador, un héroe, un líder. Rodolfo no lo disfrutó, a pesar de ser las portadas con las que siempre había soñado. Eran titulares que habían viajado por error desde otra dimensión, desde la imaginación limpia de un colegial que apenas levantaba un metro del suelo, hasta una realidad actual que se parecía más a un laberinto tenebroso. Pero no terminó ahí su, de pronto, notoria presencia mediática. Una semana más tarde volvió a protagonizar crónicas periodísticas, solo que en esta ocasión ya no eran deportivas sino de sucesos: la tragedia del portero que había visto truncada su carrera deportiva (se sospechaba que a raíz de haber mantenido tratos turbios con gente poco recomendable) tras haber aparecido en un descampado al amanecer, visiblemente aturdido, desorientado, y con tres dedos menos en cada una de sus manos.

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