La vida antes de la vida

La ilustración es una imagen creada mediante un algoritmo generativo, en https://www.craiyon.com/

Desde el fallecimiento de su padre, hacía ya varios años, Victoria había tenido la sensación de vivir en una reminiscencia constante. Cuando veía una pluma, por ejemplo, no solo veía una pluma cualquiera sin más, sino que veía al mismo tiempo la pluma que su padre llevaba siempre encima y que le había enseñado a usar. Cuando pasaba junto a uno de esos quioscos, cada vez menos habituales, aparentemente minúsculos pero que contienen más cosas que las que alguien podría pensar que caben en un espacio tan reducido, recordaba cuando, siendo una niña, arrastraba a su padre a uno de ellos mientras él trataba de convencerla de que no había nada de interés allí adentro, aunque al final siempre terminaba por comprarle cualquier fruslería. Podía ocurrir en cualquier momento o lugar, era como si cada faceta de la realidad tuviese la capacidad de convertirse en depositaria del recuerdo de una vida pasada, de una vida ya vivida, irrecuperable, pero de algún modo también imborrable en la memoria de Victoria.

Una de las ocasiones en las que experimentó esta suerte de viaje nostálgico fue durante la visita a un mercado de antigüedades. Era uno de esos mercados a los que van a parar las pertenencias de personas fallecidas: objetos que en realidad ya nadie quiere ni necesita. Si todos esos objetos huérfanos conforman de alguna manera una huella reconocible de su propietario, la lenta disgregación que se produce a consecuencia de las transacciones y los cambios de mano que se suceden en el mercado vendría a ser como borrar el último testimonio de vida de la persona que los había poseído.

Mientras observaba toda esa acumulación de bienes despojados de su propósito original, esperando tristes y resignados un destino incierto, Victoria descubrió un ejemplar de “El adversario” y, como era habitual en ella, acudió a su mente la escena de su padre leyendo una copia de ese mismo libro en el sofá de casa. Era un libro, el que su padre había tenido en casa, que recordaba bastante ajado y deteriorado por el uso. Se trataba de una obra a la que su padre había acudido de forma muy reiterada y por la que sentía una clara predilección. Y el ejemplar que había descubierto en el mercado de antigüedades no estaba mucho mejor conservado. Victoria lo adquirió por unos pocos euros. Pero cuando se puso a hojearlo de forma maquinal terminó encontrando algo entre sus páginas que hizo que aquella puerta que tan frecuentemente se le abría para dar paso a un pasado reconocible de pronto pasase a ser la puerta de una habitación oscura.

Lo que había en medio de aquellas páginas, a modo de punto de libro, era una vieja fotografía de su padre. La primera idea que atravesó la mente de Victoria fue la de una broma de mal gusto. ¿Pero una broma de quién? Nadie sabía cómo eran los recuerdos que tan común e incontroladamente la asaltaban. No se lo había contado a nadie, y nadie podría por tanto haber planeado un numerito de esas características. ¿Una broma del Universo entonces, o del Destino tal vez? Le parecía ridículo pensar algo así. La segunda idea fue que quizá se tratase del mismo ejemplar que su padre había tenido en casa, que al fin y al cabo fuese el mismo libro que ella recordaba aunque en un principio no lo hubiese identificado como tal. Sin embargo, en una de las primeras páginas del libro había escrito un nombre, “Fátima Velázquez”, que Victoria no reconocía ni podía relacionar de modo alguno con su padre.

Decidió preguntar en el mercado de dónde provenían todos aquellos objetos, y acabó consiguiendo la dirección de un piso en una vieja zona residencial de las afueras. Sintió una inercia que la empujaba a perseguir la respuesta al misterio que aquel libro le acababa de desvelar. Y a pesar de intuir que seguir ese impulso podría llevar al descubrimiento de fatídicas revelaciones, no pudo evitar seguirlo.

El barrio al que llegó era uno de esos barrios que parecían diseñados a propósito para que el calificativo de humilde fuese el primero en acudir a la mente del visitante. Llamó varias veces al portero automático del piso que le habían indicado, sin obtener respuesta. Consiguió colarse en el portal cuando un vecino salía y subió hasta la misma puerta de la casa, pero nadie respondió a sus reiteradas llamadas. Entonces empezó a preguntar a los vecinos de la escalera. Le contaron que ese piso pertenecía a una anciana que había fallecido recientemente, pero que ahora mismo no había absolutamente nada allí dentro ya que la hija de la difunta dueña pretendía vender la vivienda, por lo que la había vaciado y mandado todo lo que contenía para subastar en el mercado. Tirando del hilo terminó enterándose de que esa hija trabajaba en una peluquería que había en ese mismo barrio.

Victoria decidió que iba a hacerse un nuevo corte de pelo. Encontró el establecimiento, identificó a la hija peluquera, una mujer que la doblaba en edad, y se sentó en la silla de clienta. La peluquera, que se llamaba Fátima como su madre, intentó sacar el típico tema de conversación insustancial mientras se disponía a cortarle el pelo, pero Victoria enseguida sacó la fotografía de su padre y se la mostró. No le contó la historia completa, sino solo que se había encontrado esa foto en el mercado y había pensado en devolvérsela a sus legítimos dueños.

Fátima le explicó que era una fotografía de su padre, pero que en realidad nunca lo había conocido. Poco después de su nacimiento, él las había abandonado a ella y a su madre. Pero su madre se había empeñado en conservar las cosas que se había dejado atrás: fotografías como esa, libros, plumas, etc. Aunque ella nunca había entendido por qué. Tras el reciente fallecimiento de su madre, había decidido deshacerse de todo eso, porque en realidad no significaba nada para ella. Cuando le preguntó a Victoria por qué se había tomado tantas molestias en llevarle esa foto, Victoria respondió que había pensado que podía tratarse de un recuerdo importante para alguien. Fátima agradeció su preocupación, pero dijo que no necesitaba quedársela. Después, le cobró por el corte y le dio muy sinceramente las gracias por haber acudido a su peluquería.

Tras ese día, Victoria ya no volvió a tener recuerdos. Los seguía conservando, no se habían evaporado, pero ya no los ejercía ni se activaban de forma espontánea e imprevisible. Dejó de sentirlos como propios. Era como si se los hubieran extraído a otra persona para hacerlos pasar por suyos, pero después de todo aquello sintiese que en realidad no le pertenecían. Lo que sí conservó desde entonces fue el nuevo corte de pelo que Fátima le había hecho.

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