El sol despuntando y ella en pijama

Cayó en el mundo como cada mañana, con aturdimiento. Revisó las paredes de su habitación y comenzó a mover el cuerpo para sacarlo de su letargo. Recordaba su vida a piezas y las iba encajando con alegría o disgusto según tocase. Así se dio cuenta de que seguramente sería un día de mierda, con muchas cosas por hacer y poco tiempo para hacerlas. Se acurrucó en la cama hacia el lado de la pared y metió la cabeza bajo el edredón. Qué pereza.

Acercó las rodillas hasta su pecho para hacerse una bola y entonces oyó un estridente maullido a los pies de la cama. Al asomarse vio una enorme bola de pelo color canela tan aturdida como ella hace unos minutos. “Lo siento, amiga”. Reptó por entre las mantas hasta coger al felino y lo sumergió en la cama con ella. Estuvieron abrazadas un buen rato, hasta que los ronroneos se convirtieron en ronquidos, y entonces llegó el momento crucial. Ese momento en el que decidía con absoluta objetividad si quedarse en la cama o salir. Analizó seriamente lo que supondría, sus opciones, las consecuencias y decidió lanzarse.

Se despidió efusivamente de Canelita antes de emprender su viaje al mundo exterior. Sin saber cómo volvería o si volvería siquiera, usó todo su coraje para sacar una pierna al frío glacial que la rodeaba. Fue un duro trago, pensó en echarse atrás varias veces, pero con un rugido gutural despejó su mente lo suficiente como para sacar la segunda pierna. A partir de ahí ya no había vuelta atrás, estaba hecho. Escurrió lo que quedaba de su cuerpo y quedó hecha un ovillo sobre la alfombra. Fue como nacer, un proceso agotador física y psicológicamente, pero parecía que lo peor ya había pasado.

Aguantando la respiración para resistir el cambio de temperatura, se quitó el pijama y se vistió de adulta lo más deprisa que pudo. Camiseta, jersey y vaqueros, no era día de andarse con florituras. Después se cubrió con una manta y caminó hasta la cocina arrastrando los pies. Se hizo un café, preparó unas tostadas y en el reflejo de la puerta del microondas pudo adivinar una versión de sí misma que asumía la situación. Sentada en una silla de madera, alumbrada por luz halógena y con los pies embebidos en sus zapatillas rosas de peluche, representó la valiente figura de un ser humano expuesto y dispuesto, mientras mojaba galletas en el café.

Relato e ilustración de rakelmforero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .