Canto del cisne mudo

La ilustración es una obra de Vladan Zervanov en freeillustrated.

Mi hijo vive obsesionado con su madre muerta. Es todavía un niño y su madre nos dejó siendo él muy pequeño, pero no ha pasado el tiempo suficiente como para que la huella de su ausencia haya dejado de ser algo en lo que pensar casi a diario. Aún no ha asimilado la pérdida. Lo observo actuar y todo lo que hace lleva aparejado el recuerdo de su madre.

Sigue haciendo algunas cosas tal como las hacía cuando ella vivía, a pesar de que, por desgracia, ahora ya no haya motivo para ello. Por ejemplo, en la nevera hay unas baldas que su madre solía reservar para guardar los vegetales. No comía carne y la mayor parte de su comida la guardaba ahí. Ahora no tenemos esa balda tan ocupada porque somos menos en casa y, en consecuencia, necesitamos menos comida. Sin embargo, él nunca coloca nada en ese espacio, como si lo siguiese reservando para su madre. Creo que lo hace porque tiene la esperanza de que ella pueda aparecer en cualquier momento y necesitar ese espacio para guardar su comida.

Otra cosa que solían hacer era cantar juntos durante los viajes largos en coche. Tenían una canción que siempre interpretaban de la misma manera. Ella cantaba una estrofa, a continuación mi hijo cantaba la siguiente y se iban alternando así hasta terminar, momento en el cual nunca podían evitar partirse de risa. Ahora viajamos solos mi hijo y yo, y a veces escucho cómo canta su parte de la canción. Luego espera un rato, el tiempo exacto que duraría la estrofa que le hubiese tocado cantar a su madre, y entonces reanuda la canción con su siguiente estrofa. La única diferencia es que al final ya no hay risas, pero por lo demás actúa exactamente igual que si estuviese cantando a dúo con su madre.

A veces le hago una pregunta y noto que no me responde a renglón seguido, sino que desvía la mirada, o hace algún sutil gesto de complicidad mirando al vacío, como si tuviese que consultar la respuesta con alguien más, como si hubiese una presencia invisible a quien hubiese que tomar en consideración.

Son extraños detalles de este tipo los que me han llevado a pensar que, de alguna forma, su madre se ha convertido en un fantasma para él, o quizá sea más bien como una especie de amiga imaginaria. La ve, habla con ella, le hace compañía. 

Temo que otros puedan decir de él que está loco si se fijan en esos aspectos de su comportamiento. Pero yo no lo veo así, nunca lo haría. Nadie puede saber mejor que yo lo que mi hijo está pasando. En mí siempre va a encontrar un apoyo. Sé que tiene que pasar por un proceso. No solo él, sino también yo mismo. Pero no pretendo acelerar ese proceso ni tomar atajos. Puede que el camino sea tortuoso, pero creo que debemos recorrerlo sin necesidad de hacer ningún desvío. Debemos acostumbrarnos a que ahora solo somos dos en la familia.

Solemos ir a un lago cerca de nuestra casa los fines de semana de buen tiempo. Se trata de un lugar al que también íbamos con su madre. Pero no lo hago por intentar aferrarnos a un sitio que conserva una impronta aún fuerte de cuándo íbamos los tres, si no para dar un paso adelante y reconquistar ciertos espacios de nuestra vida anterior para adaptarlos a nuestra nueva vida. No tenemos por qué renunciar a nada.

La última vez que fuimos, mientras mi hijo jugaba con algunos niños y niñas de otras familias que también habían ido a pasar ese día en el lago, yo decidí dar un paseo por la orilla. Bajé por la suave ladera que separa la zona recreativa del propio margen del lago. Allí viven unos cisnes y me quedé un buen rato contemplándolos. Se deslizaban sobre el agua con una majestuosidad hipnótica. Hubo un momento en el que creí vislumbrar un reflejo en el agua que no se correspondía con la figura de ningún cisne. Al levantar la vista descubrí que la sombra pertenecía a una mujer que estaba en la orilla opuesta. Estaba vestida tan solo con un delicado camisón blanco, y su aspecto era como salido de un enigmático sueño. Tardé en reconocerla, pero cuando lo hice casi me sofoco de la impresión. De pronto entendí que mi hijo no se estaba imaginando cosas extrañas, porque ahora yo estaba viéndola a ella, sentada allí mismo, en la orilla opuesta del lago, mientras trataba de acariciar a los cisnes. Mi hijo no era ningún loco y quizá era yo quien había estado ciego todo este tiempo.

Corrí ladera arriba, dirigiéndome a donde mi hijo jugaba. A mitad de camino volví la vista hacia la orilla, temiendo que aquella insólita visión se hubiese esfumado. Pero todavía seguía allí, y podía verla con absoluta nitidez. Al llegar a donde estaban los demás cogí a mi hijo de la mano, casi arrancándolo de la zona de juegos, y avancé hacia el lago llevándolo en brazos mientras dejábamos atrás las miradas de susto del resto de la gente y obviaba las insistentes preguntas que él no dejaba de hacerme.

Me detuve cerca del agua y le señalé la otra orilla.

—Fíjate, hijo. Allí en el otro lado. ¿La ves?

Mi hijo puso su vista en la orilla contraria.

—¿Las copas de los árboles? Hay más árboles en la otra orilla.

—No, me refiero un poco más abajo, fíjate bien. Allí.

—¿En el agua? Los cisnes nadando. Pero ya los había visto, papá.

—Es tu madre, hijo. Está sentada en la otra orilla, ¿la ves? ¿Tú ya la has visto otras veces, ¿verdad que sí?

Mi hijo volvió a dirigir su mirada al otro lado, ahora con más atención animado por mi revelación. Pero nada en su expresión denotaba que estuviese viendo lo mismo que yo le describía. Bajó la vista y me habló embargado por un dolor que yo me había encargado torpemente en reflotar.

—Papá, mamá ya no está. Murió, ¿no te acuerdas?

Eché un último vistazo al lago. Ella seguía allí, jugando con los cisnes como si fuese lo único que supiese hacer. Y quizá fue ese el último instante de cordura que conservo, en el que al fin comprendí que no iba a poder deshacerme de su presencia hasta el final de mis días.

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