Antecedentes poco alentadores

La ilustración es cortesía de NASA/JPL-Caltech.

Nuno, el comandante, viajaba sentado frente a mí. Su actitud era la esperable en alguien con sus años de experiencia. Para él, aquel momento no tenía nada de excepcional, era uno más dentro de su rutinaria jornada de trabajo. Estaba seguro de que habría vivido muchas situaciones parecidas en misiones anteriores. En cambio, yo, sentado al otro lado del habitáculo, era incapaz de ignorar la inmensidad silenciosa de la que solo el fuselaje nos separaba. Numerosos pensamientos me asaltaban a la vez, atropellándose entre sí, como queriendo atravesar el resistente material que recubría mi casco.

—¿Qué tal vas? —me preguntó Nuno, evidenciando que los esfuerzos que yo hacía por intentar ocultar mi nerviosismo eran vanos. Era mi primera vez y él lo sabía.

Hice un gesto de conformidad, tratando de hacer ver que todo iba bien. Pero mi concentración tardó muy poco tiempo en evadirse del pequeño espacio que nos confinaba, enganchándose a uno de los pensamientos que en ese instante me cruzó la mente. Me acordé de una bicicleta que había tenido un primo mío en la antigua Tierra. Era una bicicleta que tenía la particularidad de que no se frenaba apretando la habitual palanca en el manillar (esta bicicleta no disponía de tal palanca), sino que era una bicicleta con freno contrapedal. La había probado por primera vez en uno de los últimos veranos que hubo. Me subí a la bicicleta y me lancé por una pendiente. Durante el descenso se me ocurrió levantarme del sillín para sentir cómo la velocidad del aire me envolvía el cuerpo. Pero al incorporarme, de manera inconsciente, di una leve pedalada hacia atrás para acomodar la posición. Estaba claro que no me había quedado clara la explicación teórica que mi primo me había dado acerca del mecanismo de frenado. La rueda trasera se paró en seco, y yo salí despedido. Aterricé unos cuantos metros más adelante, tras haberme arrastrado durante un buen trecho pendiente abajo.

Ese no fue el único recuerdo que mi mente visitó mientras esperábamos a que nos colocaran en posición. Mi mente era como un avispero que hubiesen sacudido con una vara. Acudió a mí el recuerdo de mi primer año en la Universidad. Yo había sido un estudiante modélico durante mi etapa en el instituto. Siempre llegaba a junio con todas las asignaturas aprobadas, y la mayoría con buena nota. Pero en mi primer año de Universidad no conseguí aprobar ni una sola asignatura; ni una sola. Y no fue porque me hubiese pasado el curso de fiesta. Simplemente no supe cómo evitar que la novedad de aquella experiencia me terminase pasando por encima.

Entre otros recuerdos que revisé también estuvo aquella vez que me expulsaron durante un partido de fútbol, tan solo diez minutos después de haber entrado a jugar. O la vez que agarré a una chica en una discoteca para sacarla a bailar y al segundo recibí el puñetazo de un tío que estaba a su lado, en quien ni siquiera había reparado. O aquella vez en el jardín de infancia, mientras jugábamos a las emboscadas, en la que un niño se lanzó contra mi espalda con tanta fuerza que caí al suelo sin tiempo de protegerme, y terminé con una brecha en la barbilla. Acerqué mi mano a la zona donde hoy conservo la cicatriz, pero mis dedos enguantados no pudieron ir más allá de la superficie del casco, y entonces volví de nuevo al habitáculo junto a Nuno, a nuestro plan de vuelo y la misión.

Me di cuenta de que todo lo que mi memoria había reflotado era una recopilación de decepciones, fracasos y accidentes. Lo único en que era capaz de pensar en un momento como aquel era que no había dejado de estrellarme una vez tras otra desde que tenía memoria. Quizá fuese efecto del oxígeno puro que estaba respirando dentro del traje, o simplemente un ataque de cobardía de última hora.

Una luz se iluminó en el traje de Nuno, quien requirió mi atención con un leve gesto.

—Hemos descendido hasta la altura de salto. Ya sabes lo que hay que hacer —dijo.

Entonces, echó la mano a la manija de la compuerta de aire y la abrió. Pasamos al interior de la esclusa, y cerró herméticamente tras de sí. Tras unos segundos, señaló la compuerta exterior. Haciendo un esfuerzo por controlar mi mano temblorosa, accioné el mecanismo de apertura. 

Al asomarme al umbral, mi corazón estaba desbocado. El exoplaneta se percibía allá abajo, ofreciendo un paisaje de dimensiones inabarcables. Desde aquella altura se podían divisar al mismo tiempo lugares entre los cuales mediaba una distancia enorme. Con un simple barrido de la mirada, se podían contemplar continentes enteros. Los científicos siempre habían dudado entre clasificar a “HD 40307 g” como una supertierra o un minineptuno. Se desconocía si la superficie del exoplaneta sería rocosa, o si estaría sumergida bajo gruesas capas de hielo y gas. Y yo era el primer ser humano que iba a proporcionar respuestas sobre el terreno.

Intenté recordar por qué había decidido embarcarme en la misión. ¿Para demostrarme a mí mismo que podía hacer algo por la humanidad, ahora que la antigua Tierra era ya solo un recuerdo? ¿Para demostrar mi valía a los demás? La verdad es que ni siquiera estando al borde del abismo, como allí estaba, terminaba de tenerlo claro. De pronto todo parecía el preámbulo de un nuevo accidente.

—Mis antecedentes son poco alentadores —dije, en un mal disimulado intento de abortar el salto, dominado por el catastrófico historial que había repasado tan solo unos segundos antes.

—No me cuentes tu vida. La antigua Tierra ya es historia, así que afrontemos esto —replicó Nuno.

Y a continuación me empujó fuera de la aeronave.

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