Ella y su fantasma

Ilustración de Luis Forero Art. Encuéntralo en instagram, linkedin, portfoliobox o artstation.

Cogió las llaves por la anilla metálica para oírlas tintinear. El aire las agitó suavemente mientras viajaban de la mesa al bolso y luego las dejó caer en el bolsillo grande. Le gustaba el sonido que hacían, delicado y un poco agudo, como varias campanillas chocando entre sí. Corrió al espejo de la entrada e hizo una última revisión, examinó su pelo y su ropa detenidamente, admiró el camafeo sobre su pecho, y decidió dejar la chaqueta en casa, hacía mucho calor y así se le veían más los hombros. Le gustaban sus hombros al descubierto aunque el pelo se los tapase un poco. Finalmente se situó frente a la puerta de la calle, deslizó el pestillo a la altura de sus ojos y agarró el pomo con decisión. Entonces respiró despacio y profundo, sus pensamientos necesitaban oxígeno. Su conciencia intranquila volvía a molestarla en el mismo lugar a la misma hora, la llevaba de punta a punta de su mente cavilando y vacilando, pero la impaciencia la venció y abrió la puerta.


Sonrió, no estaba decepcionada. Ante ella se encontraba el mismo hombre que la acompañaba a todas partes desde hacía tres años. Con una camiseta desgastada, llena de polvo y sangre, pantalones oscuros rasgados y un enorme casco con linterna. Tenía los brazos magullados y sujetaba un pico. El minero la recibió como siempre hacía, inexpresivo y cabizbajo, de manera que el casco ocultaba su cara por encima de la nariz. Ella salió y, con un pequeño brinco, le alcanzó en un abrazo cálido y sincero. “Bueno, ¿nos vamos al trabajo? A ver que tiene el mundo que ofrecernos”, dijo después. Comenzó a bajar las escaleras de su bloque y el minero la siguió sin mediar palabra.


Cuando estaban juntos ella nunca perdía las llaves ni se le caía el café. Caminaba sobre los charcos con su suela a un centímetro del agua y el aire de los tubos de escape no rozaba su piel ni entraba en sus pulmones. Él se movía entorno a ella con su fantasmagórica existencia como un escolta demasiado avispado, anticipando catástrofes, y ella se dejaba ayudar. Permitía que sus cuidados inundasen su vida, en la que había espacio de sobra igualmente, y ella a cambio se tomaba el lujo de relatarle todo lo que pensaba a cada momento. Lo hacía con discreción, para que la gente no la viese hablar sola, y aunque nunca había respuesta tampoco creía necesitarla.


Eso hacía aquel día de camino al trabajo, con los cascos puestos como si hablase por teléfono. Hablaba sobre lo bonita que sería una excursión al aire libre, puede que en la sierra, con comida casera y música. Podían ir juntos y el telediario daba sol para el fin de semana. Ya habían llegado al paso de cebra, quedaba poco hasta la parada del autobús y ella seguía ensimismada con la vista fija en su amigo.


Parecía un día normal hasta la llegada de un meteorito colorido a su campo visual. Era un balón, flotando veloz hacia la carretera con un convencimiento suicida. Iba casi tan rápido como el niño que lo seguía, lo que hizo que un escalofrío le recorriese la espalda. Echó a correr mientras calculaba mentalmente si podía ser más rápida que el camión que se cernía sobre ellos y alargó la mano hasta rozar con sus dedos el pequeño brazo del niño. De pronto notó que se paraba en seco y al bajar la vista pudo ver la mano del minero sobre su pecho impidiéndole el paso. En milésimas de segundo, empujó su mano lo suficiente como para poder agarrar al pequeño y tirar de él. Cuando se quiso dar cuenta ambos rodaban por el suelo.


Tendida sobre la acera se dio cuenta de que algo no iba bien, le dolía mucho el costado y le ardía la piel de la cara y los brazos. El niño parecía estar bien y salió corriendo asustado en cuanto pudo. Ella se incorporó a duras penas y buscó con la mirada a la única persona que le importaba de entre la expectante multitud que la rodeaba. A unos pocos metros vio al minero sosteniendo su camafeo, el camafeo que compró hace tres años en una tienda de antigüedades. Como un resorte se lanzó hacia él, arrastrándose por el suelo. Tal vez porque siempre había intuido que ella no era el objeto del afecto de aquel espíritu, aquello que tanto perseguía y cuidaba. Con un brazo se protegía la parte del tórax que más la dolía, mientras que con el otro trataba de seguir acercándose. “ ¡No te vayas!”, gritaba desesperada. Pero el minero por primera vez tenía en sus manos aquello que llevaba décadas buscando. Bajó su vista hacia el colgante y con un suspiro desapareció.

Relato de @rakelmforero

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