La calavera del señor Bonachera


La imagen es obra de Paul Cezanne.
La obra que ilustra este texto es de Paul Cézanne.

Contar ahora la historia de cómo la calavera del señor Bonachera acabó en mi escritorio puede resultar decepcionante. El mero desgaste que el inevitable paso de los años produce en la memoria ha conseguido que el relato quede reducido a una página más del anecdotario. Pero cuando esta historia ocurrió, durante uno de aquellos interminables veranos de mi infancia, recuerdo haberla vivido como uno de los episodios más intensos de mi por entonces todavía corta vida.

Es curiosa la facilidad con la que ahora el aburrimiento me conquista en cuanto me encuentro, sin haberlo previsto, con media tarde libre; y como en aquellos años de niñez ni siquiera empezaba a notar la amenaza del tedio hasta que no habían transcurrido, como poco, tres cuartas partes del verano, a pesar de que no podía hacer mucho más que salir a dar paseos por las calles semidesiertas de mi antiguo barrio. 

Fue precisamente en la parte final de uno de esos veranos cuando me di cuenta de que el señor Bonachera llevaba varias semanas desaparecido. Este tipo de cosas solía contárselas a Laura, que era una vecina de mi edad, y también era la chica a la que de alguna manera necesitaba impresionar, aunque solo se me ocurriesen maneras torpes y estúpidas de intentar hacerlo. Por supuesto, no le concedió importancia a mi observación. El señor Bonachera era uno de nuestros vecinos, y no era alguien especialmente carismático ni sociable. Era más bien discreto y en general nadie le prestaba demasiada atención. Llevábamos un tiempo sin verlo, ¿y qué? Pero a mí se me había metido esa idea en un lugar muy recóndito de la cabeza, y no era capaz de olvidarla. Tampoco ayudó el hecho de encontrar un llavero con la inscripción “Bonachera” dentro del cajón de las llaves que teníamos en el recibidor de mi casa. Descubrí que mis padres usaban esas llaves para entrar día sí día no en el piso de Bonachera y hacer algo de lo que yo no estaba al tanto, y de lo que tampoco me atrevía a preguntar.

Al día siguiente le conté a Laura mi teoría sobre todo este asunto, que consistía en que mis padres tenían secuestrado a Bonachera en su propia casa, seguramente para extorsionarlo o algo parecido. Laura dijo que eso era una estupidez, que conocía a mis padres desde hacía tiempo y no le parecía que fuesen los típicos padres que secuestraban a otra gente. Yo le dije que no podía estar segura, porque ¿cuánto tiempo hacía que conocía a mis padres? ¿Cuatro, cinco años tal vez? Ese era un intervalo de tiempo insignificante comparado con todos los años previos durante los que todavía no habían sido mis padres, y de los cuales desconocíamos absolutamente todo. Media vida de la que no podíamos saber nada. Podían haber sido perfectamente unos delincuentes en su juventud. Cuatro años de certezas (algunos más en mi caso) no podían compensar cuarenta de misterio. En realidad, le dije, no podíamos conocer a mis padres lo suficiente como para asegurar que no fuesen unos secuestradores. A esto Laura ya no me supo responder. Creo que empezaba a ver el asunto un poco más a mi manera.

La convencí para que me acompañase a hacer una incursión en el piso de Bonachera. Cogí el llavero un día que sabía que mis padres no lo iban a usar y entramos, cuidándonos de que nadie nos viese desde la escalera. Ante nosotros teníamos la posibilidad de convertirnos en héroes mediáticos, liberando a un rehén del que nadie se había preocupado en semanas. Bonachera vivía en un piso minúsculo, un estudio que fusionaba la cocina, el dormitorio y la sala de estar en una sola estancia. No tardamos mucho tiempo en descubrir que no había nadie allí, a excepción de unas cuantas plantas. Ni rastro de presencia humana reciente. Deduje que aquello solo podía significar una cosa: no había sido secuestro, había sido asesinato con ocultación del cuerpo. Y sin duda tenía que haber implicada mucha más gente además de mis padres. Aquello era muy gordo. Asumimos que allí no íbamos a encontrar nada más y decidimos irnos, pero entonces fue cuando escuchamos el sonido de una llave en la cerradura.

Yo me quedé petrificado. Me sobrevino un terror paralizante. Visualicé al asesino entrando y sorprendiéndonos allí, en pleno escenario del crimen. Concebí un brillo de satisfacción en sus ojos y el perfil de una maligna sonrisa creciendo lentamente en su rostro. Y mientras estaba imaginando de qué manera iba a acabar con nuestras vidas, Laura me arreó un bofetón que me borró de un plumazo toda la secuencia de imágenes. La mirada que me dedicó tenía un mensaje muy claro: “muévete, empanao, que como nos vean aquí dentro nos la cargamos”. Después, tiró de mí con fuerza y me arrastró hasta debajo de la cama, desde donde vimos que la puerta se abría y los pies del supuesto asesino entraban en la casa. Cargaba una gran maleta de viaje que dejó caer con descuido en el centro de la estancia. Acto seguido, entró un minuto en el cuarto de baño y al salir se dejó caer sobre la cama, todavía con mayor descuido si cabe. Por un instante creímos que el somier sobre nuestras cabezas se iba a partir. No sabíamos si se había quedado dormido, y estuvimos un buen rato expectantes. Finalmente, se levantó y salió de la casa. Nos concedimos un minuto de margen, para asegurarnos de que se alejaba lo suficiente, y entonces aprovechamos para salir de allí sin más demora. Antes de despedirme, quedé con Laura en que nos veríamos al día siguiente para planificar los próximos pasos de nuestra investigación.

Esa misma noche, durante la cena, alguien llamó a la puerta de casa y mi padre se levantó a abrir. Yo me asomé desde la cocina y vi que mi padre estaba hablando con el señor Bonachera, que para asombro mío estaba completamente vivo. La única diferencia con el Bonachera que yo recordaba es que ahora estaba notablemente más bronceado. Mi padre sacó las llaves del cajón y se las entregó a Bonachera, que agradecía a mi padre que se hubiesen encargado de cuidarle las plantas durante su ausencia. Mi padre le preguntó que qué tal había pasado las vacaciones y Bonachera se pasó cinco minutos explicando lo maravillosas que habían sido. Así que se trataba de eso, de unas vacaciones.

Antes de volver a la cocina vi cómo el señor Bonachera le entregaba a mi padre un detalle de agradecimiento. Era una pequeña calavera, un souvenir que había traído de su viaje. Por un lado me alegré de que al señor Bonachera no le hubiese pasado nada, y también de que mis padres no fuesen unos secuestradores y cómplices de asesinos. Pero por otra parte me venía fatal este final tan feliz, pues ya no iba a poder contarle ninguna historia impresionante a Laura.

Con el paso del tiempo, la calavera ha terminado en mi escritorio. Resulta muy útil para pisar papeles. Y cuando me faltan las ideas y no se me ocurre nada sobre lo que escribir me recuerda que no desista, que a partir del detalle más nimio se puede inventar uno la ocurrencia más disparatada.

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