Más que ceniza

Ilustración de Luis Forero Art. Encuéntralo en instagram, linkedin, portfoliobox o artstation.

Aquella mañana me desperté como quien resucita de entre los muertos. La batalla por recuperar mi cuerpo y mi cabeza parecía perdida allí tirado con la armadura anclándome al suelo. Traté de balancearme un poco, conseguí darme la vuelta y mi cara cayó sobre la nieve. Me alivió un poco, pero no me despejó tanto como esperaba. Arrastré mis brazos hacia delante y luché por incorporarme.

Hasta que no me encontré de rodillas no alcancé a ver mi peto y mis pantalones cubiertos de rojo. El blanco inmaculado contrastaba con aquellas manchas que también pintaban la nieve sobre la que había dormido. Asustado, recorrí mi cuerpo con los guantes esperando una punzada de dolor que no llegó, tan solo sentía frío y una jaqueca infernal. Metí un guante bajo el casco, pero nada. La sangre sería de otro.

Busqué a mi alrededor y encontré un bosque nevado atravesado por un camino. No había huellas, pero tampoco nevaba. Frente a mí se erguía un acantilado de unos diez metros de altura, con lo que parecía probable que me hubiesen tirado en plena pelea. Malditas ratas diablo, no pensé que fuesen a emboscarnos tan al norte.

Decidí andar hasta mi campamento deseando encontrar algo más que cadáveres y ceniza. Seguro que Mirat estaría montando guardia en la entrada de la cueva, medio tirado en el suelo con su odiosa despreocupación de siempre, mientras Greco se proclamaba líder y planeaba la manera de encontrarme. Una campaña de dos meses para cartografiar las cordilleras no podía terminar con un ataque imprevisto. Era ridículo.

De camino me encontré a una anciana que tiraba de un carro de madera a duras penas. El carro iba cargado de capas, escudos, armas y otras cosas que reconocí. Aquello no pintaba bien. Me acerqué con las manos en alto para no resultar amenazante, aunque estaba tan maltrecho que difícilmente podía serlo, y desde lejos le pregunté de dónde lo había sacado. Fui respetuoso, pero no obtuve respuesta.

Lo intenté en otras lenguas que conocía y de pronto la mujer echó a correr. Entonces me hinqué de rodillas y le supliqué que me diese un escudo y una espada. Ella se detuvo a mirarme y repetí la palabra dinero en varios idiomas para captar su atención. Saqué una bolsa de monedas que guardaba en mi bota derecha y la tiré junto a ella. Con un gesto me permitió acercarme a coger lo que necesitaba y al mirarla de cerca pude ver su cara arrugada bajo la túnica oscura, sus ojos vendados y dos pequeños cuernos entre su pelo canoso. Debía ser mestiza. “Gracias”, dije, y seguí mi camino.

A medida que llegaba, la tormenta volvió. El aire arremolinaba los copos de nieve y me impedía ver más allá de un brazo de distancia, así que era un alivio estar cerca del asentamiento. La sensación no duró tras entrar en la cueva. Cadáveres y cenizas, no había más.

Relato de @rakelmforero

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