Un poco de luz

La ilustración es obra de Javi Codina, a quien podéis seguir en Instagram y ArtStation.

Lo primero de lo que fue consciente tras despertarse fue el intenso dolor de cabeza. Después, se dio cuenta de que no reconocía la habitación en la que se encontraba. La luz que se colaba entre las rendijas de la persiana permitía discernir los contornos de la estancia, aunque no lo suficiente para deducir qué momento del día era. 

Apartó las sábanas y echó un pie fuera de la cama. El contacto con el suelo le provocó un escalofrío. Se dio cuenta de que estaba completamente desnudo y se incorporó para buscar algo para vestirse. Pero en la habitación no había ni rastro de su ropa; ni en el armario, ni en el suelo, ni debajo de la cama. Aquella habitación estaba vacía.

Se acercó a la ventana y subió la persiana. Supuso entonces que debía ser una hora muy tardía de la mañana, o incluso ya por la tarde. El paisaje que divisaba se parecía a su ciudad, aunque tampoco estaba completamente seguro. El dolor de cabeza y la repentina y cegadora claridad no ayudaban a clarificar la situación. Bajó la persiana y se dirigió a la puerta de la habitación, que estaba ligeramente entreabierta. La abrió con cautela y al otro lado vio una sala de estar, aparentemente desierta. Salió, algo temeroso, y descubrió que se encontraba en un apartamento no muy grande. Nada de lo que veía le resultaba familiar.

Entonces escuchó el sonido de una llave en la cerradura y las voces de varias personas en el exterior. Reaccionó sin tiempo para pensarlo y se metió de nuevo en la habitación, aunque sin llegar a cerrar del todo la puerta. Desde su escondite pudo ver que las personas que habían entrado en el apartamento eran un hombre mayor, que llevaba un portafolio bajo el brazo, y un hombre y una mujer más jóvenes. El hombre del portafolio le resultaba familiar, aunque no recordaba de qué. Estaba enseñando la casa a la pareja. Tras echar un vistazo rápido a la sala, el hombre señaló la puerta de la habitación y los tres se dirigieron hacia allí. Se metió tan rápido como pudo bajo la cama, justo antes de que los otros tres entrasen en la habitación.

—Y este es el dormitorio. Si abrimos esta persiana veréis que recibe mucha luz.

Un par de zapatos se acercaron a la ventana y se escuchó el sonido de la persiana. La luz volvió a iluminar la habitación.

—Un momento, ¿pero está alguien usando esta casa? La cama está sin hacer —dijo la mujer.

El hombre que había subido la persiana tardó unos segundos en responder.

—No, no… Supongo que mi hijo habrá estado enseñando el piso durante el día de ayer y habrán querido comprobar que el colchón era nuevo. Pueden probarlo ustedes mismos también, si lo desean.

Los listones del somier cedieron levemente bajo el peso de la pareja. El colchón era de buena calidad, de eso podía dar fe.

—En fin, podemos ver ahora la cocina con más detalle, si les  parece.

Los tres abandonaron el dormitorio, dejando la puerta de la habitación abierta. Desde debajo de la cama pudo ver con claridad lo que pasaba en la cocina. El hombre del portafolio explicaba a la pareja las características del horno mientras les enseñaba el interior. Después abrieron la nevera, pero al ver lo que había dentro dieron un paso atrás, y se miraron entre ellos con sorpresa. El hombre del portafolio se inclinó y sacó de la nevera una caja de cartón. Miró su interior, mientras los otros se encogía de hombros y esperaban con expectación. El hombre metió la mano en la caja y, haciendo una pinza con índice y pulgar, sacó un trozo de tela que dejó colgando del borde de la caja. Era la manga de una camisa de cuadros. Volvió a meter la mano en el interior y revolvió el contenido con más decisión. Unos pantalones vaqueros y la puntera de una zapatilla asomaron también desde dentro de la caja. Desde su escondite bajo la cama pudo reconocer aquellas prendas; se trataba de su propia ropa. Sin pensárselo más, salió de allí abajo y entró en la cocina con decisión. Su aparición repentina dio un susto de muerte a los otros. El hombre dejó caer la caja y retrocedió, tratando de esconderse tras su portafolio. Y la mujer abrazó a su pareja mientras ambos miraban la escena asustados. A toda prisa, recogió la caja con sus cosas y se dirigió a la puerta.

—¡Espera un momento! Yo te conozco, ¿verdad? ¿No eres tú uno de los amigos de mi hijo? —le preguntó el hombre del portafolio cuando ya estaba a punto de salir del apartamento. En efecto, reconoció a aquel hombre como el padre de uno de sus amigos, y empezó a entender lo que estaba sucediendo.

—Sí… Bueno, creo que dejaremos de serlo en breve, señor —dijo, al tiempo que salía apresuradamente del apartamento.

Mientras esperaba a que llegase el ascensor, aprovechó para ponerse el pantalón y calzarse de forma descuidada las zapatillas. Tres cabezas se asomaron a la puerta del apartamento y se quedaron mirándole, estupefactas. Las puertas del ascensor se abrieron. Entró con la caja y pulsó el botón para bajar al portal. Mientras tanto, terminó de ponerse el resto de la ropa. Dentro de la caja también encontró su teléfono móvil. Vio que tenía mensajes pendientes de leer. Eran de varios de sus amigos, preguntando en tono jocoso que qué tal había pasado la noche, o si tenía previsto hacer alguna mudanza en breve. También le habían enviado varias fotos de la fiesta de la noche anterior, de la que apenas recordaba nada. En ellas se veía a sus amigos bebiendo y posando con todo tipo de expresiones inexplicables. En las más recientes, él aparecía completamente dormido mientras el resto se hacía autorretratos junto a él. Después, los demás le quitaban la ropa mientras se desternillaban de risa. Y pudo reconocer, en esas últimas fotos, que se encontraban en la habitación en la que se había despertado hacía unos minutos.

Ya en la calle, arrojó la caja en el primer contenedor de basura que encontró y empezó a pensar en cuál era el camino que debía seguir para alejarse del camino que lo había llevado hasta allí.

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