No es pertinente

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Y así, después de esperar tanto, de trabajar duro, de sufrir a diario, decidí ser de una vez quién ahora soy.

Decidí mirar al pasado y convertirme en quien siempre soñé que sería, un héroe con capa amarilla, un justiciero persiguiendo el mal en cualquier callejón oscuro, una esperanza para la vida.

Sé que no es pertinente reconocer que ese callejón oscuro donde todo pasaba era el barrio donde empecé a conocer lo que iba a ser la vida. Un lugar sin oportunidad, un desvío en la ruta de cualquier turista, una jeringuilla en el lavabo.

Luego dejé de crecer porque para mí el futuro carecía de sentido, dejé de leer y me puse a ver a través de los cristales todo eso que no me llevaba a ningún lugar decente.

Mis padres me decían que estudiara, yo les dije que sería como ellos, o peor. Y comencé a dejarme ver entre los grupos de chicos del barrio.

Sabiendo que mis oportunidades de sobrevivir más allá de la mayoría de edad se antojaba un milagro empecé a tomarme en serio mi trabajo y acabé siendo el niño más peligroso de la más peligrosa  banda del barrio.

No es tampoco pertinente decir que luego monté mi propia empresa e hice de la extorsión mi negocio, primero a los más débiles de mi banda, luego a algunos jefes de otras bandas mal organizadas. En ese momento me alegré de no haber crecido, de seguir siendo tan pequeño que ni el más sanguinario de los pandilleros  fuera capaz de levantarme la mano sin vacilar un segundo, lo suficiente para que sus ojos no volvieran a ver la luz del sol.

A partir de entonces me preocupé por mi aspecto. Me puse mis botas de agua amarillas, un pijama viejo, azul, y una capa con la cara de un ratón sonriente. Había dejado de ser un pandillero, de ser un nadie, para ser todo lo contrario, un justiciero, un defensor del orden y de paso alguien conocido en el barrio.

Había creado la posibilidad de ser feliz a pesar de no tener otra salida que seguir viviendo en el mismo callejón de siempre. Pero dejé de temer a perder y empecé a temer a no ganar.

Y cada día fui permitiendo que mi barrio, que esa calle oscura que los turistas evitaban, fuera un poco menos siniestra, e invité a gente a pasar a través de ella para que viera que no ocurría nada malo si yo estaba presente. Y les enseñé algunas calles que ahorraban tiempo para llegar de un lado a otro de la ciudad.

Aprendí que la única forma que tenía de triunfar era tener alguien a quien llamar “amigo” y me puse a buscar calle arriba y calle abajo algo que se les pareciera.

Empecé a leer más y aprendí que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, me pasé la tarde tirándole piedras a un murciélago que dormitaba en una escalera de incendios y cada día que fue pasando era más respetado por lo que decía que por lo que hacía. Ese día empecé a crecer por dentro y, hasta hoy, no he dejado de crecer un solo día.

Aunque, pueden olvidarse de todo eso porque en el fondo…no es nada pertinente.

El autor de esta magnífica ilustración es Guillermo Monje a quién podéis seguir a través de su webfacebook o su instagram

 

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