Calle Matadero

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Xoan de Arellano - Rat boyAquel pequeño agujero del suelo apenas era visible desde el puente que cruza sobre la calle Matadero. Como me habían indicado los lugareños tuve que bajar las escaleras que dan acceso al riachuelo y al viejo edificio abandonado junto a él. Tras cruzar aquel terreno empantanado, sucio y cuajado de insectos me encontré finalmente con la oquedad de lo que un día fue un desagüe.

Como Inspector de Sanidad he conocido la cara más trágica de nuestros pueblos, más aún desde que comenzó esta crisis. Ya no me afectaba anímicamente ver ancianos enfermos y con el rostro lleno de llagas deambular por los vertederos buscando comida. Tampoco me resultaba extraño ver niñas jóvenes embarazadas cargando con chatarra por la calle o acumulando basura en sus dormitorios. Este caso no era una excepción. Según la información que manejaba al menos dos familias vivían en aquel subterráneo.

Con dificultad pude acceder a las escaleras de piedra que daban acceso a ese inframundo. El lugar no estaba preparado para estar habitado, como tantos lugares donde hoy se hacinan los desgraciados. Las escaleras eran estrechas y diseñadas para el mantenimiento puntual de la alcantarilla y el techo era tan bajo que aún encorvado rozaba mi espalda contra él. El suelo de la zona inferior estaba inundado con dos dedos de lodo, algo que agradecí pues me impedía ver la cantidad y naturaleza de los desechos que durante décadas se habían vertido allí. El techo era alto, muy alto y la luz del día se filtraba por las numerosas grietas de tal modo que me dio la impresión de estar en una catedral gótica con un enorme rosetón de vidrio. Una sucia y maloliente catedral.

Guardé silencio esperando oír desplazarse por las esquinas seres reptantes, aleteos de insectos o el repiqueteo de las uñas de las ratas al caminar de un lado a otro, pero no. El silencio reforzaba el ambiente sacro del lugar. En la zona más alejada de la escalera se intuían unos enseres, camastros sucios, una cocina de gas oxidada y una tabla sobre ladrillos que debía hacer las veces de mesa. ¿Cómo podría alguien vivir aquí? A medida que avanzaba por aquel extraño hogar la luz comenzaba a escasear por lo que, antes de arriesgarme a tropezar o a golpearme la cabeza con una columna, encendí la lámpara de gas que llevaba conmigo.

Mi mechero chasqueó dos veces sin producir chispa, al tercer intento la lámpara se encendió, iluminó la estancia y desató la furia de miles de criaturas escondidas en las paredes. De repente todo tipo de seres repugnantes que habían estado observándome salieron de las grietas y huyeron despavoridas por el colector más ancho alejándose de la salida a la superficie. A punto estuve de volver sobre mis pasos y salir a la calle Matadero cuando oí los llantos. Un niño de pocos años lloraba de puro miedo al ver venir hacia él la horda de ratas y cucarachas.

Instintivamente corrí hacia el fondo del túnel, diez, veinte, treinta metros. La capa de lodo a cada paso era más gruesa. El techo más alto. Las paredes más húmedas. Cegado por las prisas paré y el niño dejó de llorar. Me recompuse y elevé la lámpara. Colgadas de las paredes había dos familias completas. Muertas, destripadas y devoradas por las ratas. El suelo estaba lleno de sangre y vísceras y miles de pequeños ojos luminosos como las velas de la catedral me atravesaban. Todas me estaban mirando. Tras ellas el niño, ese niño.

 

La imagen que ilustra este relato es obra de Xoan de Arellano.

 

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