Una mañana de invierno

Tenía yo por aquel entonces seis años mal contados y mi mayor preocupación esa mañana era salir al patio trasero a observar, bendita curiosidad infantil, el cadáver de aquel pajarillo que había encontrado y ocultado la tarde anterior. Al despertar y poner los pies en el suelo el sol apenas había comenzado a repuntar en el horizonte. No se oía el silbido de la tetera ni el ruidoso paso de las hojas del periódico que mi padre leía cada mañana antes de ir al despacho. Tardé un minuto en comprender que ese día, ese hermoso día de enero, yo era el primero en despertarme.

Miré por la ventana el árbol en cuyo tronco descansaba, muerto, el objeto de mi desvelo y rápidamente, no había tiempo qué perder, me puse la ropa que había dejado la noche anterior sobre la silla. Até como pude mis zapatos y salí de mi cuarto. Como un ratón caminé en silencio y muy deprisa por el pasillo y al llegar al umbral del dormitorio de mis padres hice el teatral gesto de caminar de puntillas que había visto en las películas, con las cejas levantadas y la mandíbula apretada. Así haría menos ruido.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta y pude oír perfectamente el ronquido entrecortado de mi padre y cómo él, o mi madre, se daba media vuelta en la cama. Tendría ¿cuánto? ¿media hora de libertad para inspeccionar ese pájaro muerto? Bajé las escaleras casi de tres zancadas y llegué a la cocina, ninguna señal de actividad. Abrí la puerta del patio trasero y el frío y puro aire de la mañana me golpeó la cara. Qué felicidad.

El zorzal yacía inerte junto al tronco del árbol con las alas abiertas tal como lo había dejado pocas horas antes. El rocío de la noche había mojado todas las plumas y el animal parecía despeluchado y más oscuro que el día anterior. La cola, levemente inclinada hacia la izquierda, se abría como un abanico y faltaban algunas plumas. Me llamaron especialmente la atención sus pequeñas y delgadas patas. Estaban completamente extendidas hacia atrás en un gesto de tensión tal que parecía que en cualquier momento se iban a quebrar. En su extremo los cuatro dedos se cerraban sobre sí, como queriendo agarrar algo con las afiladas uñas y por mucho que lo intenté no pude abrir el más mínimo hueco entre ellos.

Todos estos detalles eran insignificantes. Había ido comprobando punto por punto cada hito de su anatomía en un torpe intento de actuar como un forense pero lo que realmente me interesaba era su cabeza. Ésta permanecía girada hacía la derecha y tuve que dar la vuelta al cuerpo completo para poder verla. El pico estaba entreabierto como las puertas de mi casa y asomaba una pequeña y puntiaguda lengua blanca, rígida como un lápiz. Cualquiera diría que intentaba gritar el nombre de su asesino. Y los ojos. Donde ayer, con el cuerpo aún fresco, se veían unos brillantes y grandes ojos negros ahora aparecían dos huecos vacíos. Mucho tuve que acercarme para ver que en el fondo de esas órbitas habían dos esferas secas, deshidratadas y muertas.

Siendo sincero el zorzal muerto me había defraudado. No había nada especial en él, al menos aún no, por lo que tras unos minutos de inspección decidí volver a casa y sentarme en el porche.

En su dormitorio mi madre también estaba muerta, con la cabeza reventada de un golpe. Su pelo, más negro de lo habitual por la sangre, se extendía sobre la almohada como un abanico. Junto a ella estaba mi padre ahorcado en el bastidor del armario. Entreabría la boca y mostraba una lengua rígida y blanca. Sus pies colgaban a treinta centímetros del suelo, con los dedos cerrados sobre sí mismos. Sobre la cama varias cartas con una bella caligrafía se agitaban con el viento.

Ilustración de Manuel Gutiérrez.. También podéis seguir su trabajo en Facebook.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Uff.
    Con lo que me gustó la anterior lectura y, mientras leía esta, asimilaba los porqués de la rápida y fluida escritura. Yo abuso de comas y puntos suspensivos. Será, sin duda, por que nunca tengo tan claras las ideas?
    Me ha gustado mucho.

    Un saludo cordial.

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