
Ocupó su asiento siguiendo designios que percibía como ajenos a su voluntad. Largos hilos invisibles colgaban de los dedos de unas manos misteriosas que guiaban sus acciones desde algún lugar inimaginable. Estaba de vacaciones. El viaje a las islas del sur, supuestamente, iba a servir para erradicar esa sensación de urgencia que lo asaltaba cada mañana de su vida diminuta; supuestamente conseguiría anular esa exigencia apremiante que cada día lo impelía a alcanzar un lugar que desconocía, y que al caer la noche solo lo conducía a un rincón clandestino donde rumiar la decepción de sentirse a la deriva en un océano inabarcable. Supuestamente, la cura para el tedio que se había adherido al minutero de su reloj era parar máquinas y hacer una visita al paraíso por tiempo limitado. Pero la mente viaja mucho más rápido que el cuerpo, y mientras su cuerpo estaba ocupando su asiento, que no era ni el de la ventanilla ni el del pasillo, y se acomodaba para emprender una travesía presuntamente sanadora, su mente ya había ido y ya había regresado de las islas, tras haber imaginado todo lo que podía imaginarse que ocurriría durante unas cortas vacaciones, y estaba ya de vuelta en su ciudad enfrentándose de nuevo a la condena cotidiana y descubriendo que los demonios no se habían ido de viaje.
Antes de despegar, en las pantallas del avión se inició la reproducción de un vídeo explicativo sobre el protocolo a seguir en caso de emergencia. Estaba hecho con unas animaciones muy sencillas, como si hubiesen reciclado dibujos hechos para entretener a los niños. Con dicción envidiable, una voz transmitía las instrucciones de seguridad: «Durante el despegue y el aterrizaje los dispositivos electrónicos deberán permanecer desenchufados y en modo avión». Hasta ahí el mensaje era el mismo que había escuchado en tantos otros vuelos. Pensó en desobedecer; si eso provocaba que el avión se estrellase, al menos tendría un buen pretexto para evitar el regreso a su desapacible realidad. Pero la locución no había zanjado todavía la cuestión, sino que continuaba en los siguientes términos: «No le vendría mal extender esta política a otros momentos de su vida, deje de prestar tanta atención a esa pantalla que va con usted a todas partes y levante la cabeza, no solo estará beneficiándose de una mejor higiene postural, sino que se dará cuenta de que frente a usted, o a su alrededor, ocurren muchas cosas dignas de contemplación».
Por un instante dudó que hubiese escuchado todo aquello. ¿No había sido extralimitarse un poco? Se supone que la comunicación de las instrucciones de seguridad no debe ir más allá de lo concerniente a la propia seguridad del vuelo. Corto y al grano. ¿Qué era todo ese desvío discursivo, gratuito, pretenciosamente bienintencionado y estomagante?
Pero la locución seguía: «Coloquen el equipaje en los compartimentos situados encima de sus butacas o debajo de sus asientos delanteros, dejando despejados los pasillos y salidas de emergencias. En definitiva, trate de inculcarse una cierta propensión al orden. No se ponga más obstáculos de los que ya se pueden encontrar en el transcurso normal de la vida. Si quiere acometer planes y proyectos, una buena organización le será útil para orientarse al éxito.»
A su alrededor nadie mostraba síntomas apreciables de percatarse de las licencias que la compañía aérea se había tomado a la hora de elaborar esos mensajes. O tal vez fuese una especie de sabotaje interno, alguna mente creativa e inquieta saltándose las convenciones del protocolo. Quizá nadie se escandalizaba porque, al fin y al cabo, nadie estaba prestando atención a las instrucciones. Muchos ya habían cerrado los ojos, colocado una pequeña almohada en forma de herradura en torno a sus cuellos, y dejado sus cabezas descansar contra el respaldo de sus asientos. Había quien estaba hojeando revistas, o buscando con premura alguna cosa en el equipaje de mano. Tampoco había rastro de reacciones delatoras en la tripulación, que desempeñaba sus tareas con normalidad.
Mientras, a través de los altavoces, la locución seguía: «Por seguridad, les recomendamos que mantengan su cinturón abrochado y visible durante todo el vuelo. No desestime el uso de todo aquello que le pueda proporcionar soporte. Apóyese si lo necesita, pida ayuda. No viaja solo, ni durante este vuelo ni tampoco el resto del tiempo; no le convierte a usted en una persona menos válida el hecho de solicitar ayuda si la necesita.»
El caso es que tenía la impresión, algo turbadora, de que todos esos consejos de manual de autoayuda iban dirigidos a él. Su reacción impulsiva fue poner de forma deliberada muy poco empeño en abrocharse el cinturón de la manera que mostraba el vídeo.
«En caso de despresurización de la cabina, se abrirá automáticamente un compartimento sobre sus asientos que contiene máscaras de oxígeno. Tire de la suya, colóquela sobre su nariz y boca, y respire con normalidad. Después, preste ayuda a quien pueda depender de usted. Ya sea durante este vuelo o después, cuídese usted primero para estar en disposición de ayudar a los demás. No subestime la importancia de su propia salud y bienestar.»
Le costaba creer que en una situación de emergencia real los pasajeros fuesen a reaccionar de una manera tan sosegada, sonriente y calmada como la que exhibían los personajes animados del vídeo. Cuando te ves en una situación así, no observas con gesto de sorpresa despreocupada cómo la mascarilla de oxígeno se descuelga del techo y te la colocas con la parsimonia de quien se coloca unas gafas de cerca para leer el periódico. En una situación así, el terror te secuestra la mirada y la confusión se propaga como un tsunami por tu sistema nervioso.
«Recuerden que para evitar poner en peligro la seguridad de este vuelo no está permitido fumar o usar dispositivos que liberen nicotina. Seguro que puede prescindir de ello hasta aterrizar. Y si al pisar tierra decide no volver a hacerlo, sepa que solo recibirá beneficios para su salud.»
Al oír esto, fue consciente del paquete de tabaco que llevaba en el bolsillo, como si de repente hubiese adquirido un peso y un volumen mucho mayor que el que en realidad tenía, y le entraron ganas de encenderse dos cigarros.
«Debajo de sus asientos encontrarán un chaleco salvavidas. Para ponérselo introduzca la cabeza por la abertura y pasen la cinta de atado por detrás de su cintura, enganchando la fijación de la hebilla y tirando de la cinta para ajustarlo. Para inflarlo, tire con fuerza del tirador de plástico rojo o sople por el tubo, pero nunca debe inflarlo dentro del avión. Puede que a lo largo de su vida encare momentos difíciles, situaciones en las que teme que todo se desmorone a su alrededor, pero si ha seguido las instrucciones que aquí hemos descrito estará en disposición de afrontar cualquier amenaza o contratiempo de manera próvida y eficaz.»
Tras todo el sermón, una vez el avión despegó y se hubo elevado hasta una altura suficiente como para devolver la inclinación del pasillo a un ángulo completamente horizontal, decidió dormirse, pues la compañía de sus propios pensamientos era algo que juzgaba insoportable durante todo un vuelo.
Un dolor inesperado y agudo en la frente le arrebató el sueño. Descubrió que su mirada se había teñido de un velo rojo translúcido. Ante él, una mancha fresca en el respaldo del asiento delantero evidenciaba la causa de su violento despertar. Le costó lo que duran cinco pestañeos comprender lo que estaba sucediendo. A su alrededor había gente que llevaba la mascarilla del avión puesta. Se dio cuenta de que sobre su cabeza colgaba también una mascarilla que esperaba. Los otros pasajeros se aferraban a los reposabrazos, se apretaban contra los respaldos. Él parecía estar colgado de su asiento, sujetado de forma precaria por el deficientemente abrochado cinturón, a un palmo de la mancha roja en el asiento delantero. Estaban cayendo.
Escuchaba gritos, muestras de pánico, todo era un frenesí de angustia. Pero todo ese pavor sonoro empezó a llegarle más y más atenuado, como el sonido de la lluvia a través de la ventana en una noche de invierno. A punto estuvo de experimentar el vacío absoluto mientras se dejaba arrullar por el creciente y paralizante silencio. Entonces, alguien le puso la mascarilla, el oxígeno penetró, y el caos volvió a rebotar en sus oídos nítido y terrible.
La caída se le hizo eterna. Cien veces pensó que el impacto sería inminente y cien veces el esperado impacto no se produjo. Era una tortura del pensamiento. No podía hacer otra cosa que esperar. Su mente empezó a divagar, visitando recuerdos que tenía por amargos y tristes pero que ahora brillaban, por puro contraste, con una luminosidad envidiable. Cuando ya no contaba con ello, el golpe llegó, y ni habiéndolo anticipado mil veces hubiese estado preparado para encajarlo. Los recuerdos de los minutos siguientes son retazos que no terminan de casar entre sí. De algún modo misterioso consiguió liberarse de la atadura del asiento, quizás favorecido por la paradoja de haberse abrochado mal. Pero salvo ese detalle, no le quedaría más remedio que reconocerlo, la observancia por parte de los demás de las peculiares y, a su juicio, irritantes directrices de seguridad fue clave. Había evitado la inconsciencia gracias a una atenta intervención ajena con la mascarilla. Cuando, buscando la salida en plena desorientación, se dirigió a la zona menos recomendable de ese artefacto quebrantado, pero inexplicablemente aún intacto, un pasajero anónimo lo guió en la dirección correcta. Tragó agua al salir al exterior, pero unas cuantas manos desconocidas facilitaron su ingreso en una balsa hinchable. Y ya a bordo, se dio cuenta de que llevaba un chaleco salvavidas que no recordaba haberse puesto.
Durante las horas siguientes fue tomando conciencia de dónde se encontraba. No todo el mundo había sobrevivido; él sí, y no había nada que lo explicase. Antes de aquel vuelo había creído en varias ocasiones sentirse a la deriva en un océano inabarcable, así era cómo se figuraba la decepción y el hastío. Pero ahora estaba realmente a la deriva en un océano inabarcable y no era decepción ni hastío lo que experimentaba, sino más bien la sensación de estar en un compás de espera, como si hubiese terminado al fin un libro de lectura particularmente árida y tuviese ante sí una estantería repleta de nuevos libros para escoger su siguiente lectura.
Notó que llevaba algo en el bolsillo y lo sacó. El tabaco también había sobrevivido. Qué horror, pensó, que algo tan pírrico como un paquete apretado en su bolsillo hubiese sobrevivido por delante de otros pasajeros. Una de las tripulantes, viendo el paquete de tabaco, le ofreció fuego. Eran diligentes y solícitos incluso después de haberse estrellado. Los había aborrecido cuando el avión todavía volaba, los había odiado por haberle hecho tragar toda aquella perorata de las instrucciones de seguridad. Y sin embargo, ahora incluso los admiraba. Rechazó el fuego. Ya no le apetecía. Era un recuerdo demasiado evidente del lugar desde el que había partido. Arrugó el paquete y lo devolvió a la oscuridad del bolsillo.
Según entendió, alguien iba a venir a rescatarlos. Los recogerían del mar y los llevarían a las islas del sur que, por lo visto, era el lugar más cercano a su ubicación actual. Las islas del sur: al final resulta que iba a acabar allí, solo que ahora ya no creía que fuese a ser por tiempo limitado. No volvería a las páginas que había estado leyendo hasta ese momento. Las islas del sur serían su próximo libro, una nueva lectura, y parecía que de las gruesas.