
El plan es de locos. Yate de lujo, aguas internacionales y la promesa de subir a bordo todo lo que nos diese la gana. A eso lo llamo yo una escapadita deluxe. Es el cumple del Dumbo; aunque a estas alturas de la vida deberíamos llamarle Luís, que ya no somos unos críos.
Al subir al barco le pellizco la oreja, como en los viejos tiempos, pero esta vez lo hago sin maldad. Es solo por hacer una gracieta. Luis entiende el gesto, nos reímos. No es un tío rencoroso, el Luís. En el fondo, todos recordamos esos años de la infancia con cariño. Estas burlas rancias de niños que ya son viejos le tienen que resbalar, son la prehistoria, hace mucho que han caducado y no son más que un guiño nostálgico a una antigua historia común. Además, no le ha ido nada mal en la vida al Luís. Uno no llega al punto de poder comprarse un yate si se encabrona con cada una de las bromitas tontas que cualquiera le haga en el camino.
Cumple cuarenta y ya lo ha celebrado varias veces: una fiesta con los amigos en una casita en la playa; otra fiesta con la familia en una estación de ski; y ahora toca fiesta especial con los viejos colegas del Insti. Se supone que iba a ser un reencuentro por todo lo alto, pero solo nos hemos presentado Arturo y yo. Ni rastro de los demás. Esos aburridos no saben lo que se pierden, no han sabido cómo divertirse en la vida, ni lo sabrán nunca. En serio, ¿te invitan a El Mejor Plan Que Jamás Te Vayan A Proponer, y no vienes? A eso lo llamo yo ser unos auténticos losers. Allá ellos. Aquí Arturo y yo nos lo vamos a pasar DPM con el Luís, que es un crack absoluto.
Tardamos poco en perder de vista la costa, este barco va rápido. El día es espectacular, aunque Arturo no para de preguntar por chavalas todo el rato. Relájate, le digo, no seas tan pesado, tío, que aquí vamos a estar de chill. No hay problema, dice Luís, hacemos una llamada y nos las traen, que con dinero todo se puede, Arturo, por eso no te preocupes que ya os dije que en el barco íbamos a tener todo lo que os diese la gana. Qué personaje, me flipa. Ha dejado muy atrás la sosez que tenía en el Insti, cuando nuestro pasatiempo favorito era presionar el dedo corazón contra el pulgar para liberar un golpetazo de uña en todo el canto de las orejas del Luís, un día sí y otro también. Éramos unos críos y no sabíamos nada de la vida: con qué estupideces me obcecaba yo, y qué poca sangre tenía él. Pero al menos él estudiaba. Tampoco me hubiese venido mal a mí un poco de estudio, de haberlo sabido, viendo cómo se maneja ahora el tío. Qué se le va a hacer, la cordura me ha llegado tarde en esta vida.
¿Y la hierba de la que habíamos hablado? ¿No era que íbamos a tener todo lo que nos diese la gana en el barco? Luís me señala una pequeña balsa que está amarrada al yate. El tío me había dejado allí el detallito y quería que me mojase un poco para conseguirlo. La verdad es que te debo unas cuántas, estás en tu derecho de cobrártelas, le digo. Y me guiña un ojo. Luís también sabe tirar pullitas a su manera, claro que sí, como tiene que ser. A eso lo llamo yo ser un auténtico MVP. Cómo ha aprendido, el tío. Los dejo que se vayan abajo a hacer sus llamadas por satélite, o lo que quieran hacer, y yo me lanzo al agua para relajarme un poco. Está fría pero en cuanto consigo subir a la balsa se está de vicio. El océano entero está a nuestra completa disposición, no hay nadie en kilómetros a la redonda y estamos full servidos.
Llevo ya un tiempo medio mareado cuando me parece ver a Luís salir a cubierta. Va solo. Me parece que lleva un tremendo cuchillaco que además está manchado de rojo. ¿Qué habéis estado haciendo, glotoneando tarta de fresa? Lo grito, pero mi voz no llega hasta el barco. Él sigue con sus cosas y no me oye. De pronto, se pone a cortar el cabo que ata mi balsa al yate, con ese cuchillo que está como ensangrentado, mientras me saluda con la otra mano, el tío, todo manchado de rojo. Más que un saludo, creo que lo que me está diciendo es adiós con la mano. Yo le grito, ¿pero qué habéis estado haciendo, colgaos? ¡Venid aquí a fumar uno, que se está de lujo! Pero él solo me dice adiós, adiós y sonríe mientras la balsa ya sin amarres se aleja del yate. No me oye, así que le devuelvo el gesto y se echa a reír. El barco se aleja y él se ríe cada vez más. Yo trato de ponerme en pie y gritar, ¡eh, no sigáis sin mí con la party! Pero, entre el mareo que llevo y la propia inestabilidad de la balsa, me caigo todo el rato. La verdad es que, a pesar de lo nublada que tengo la vista, el barco se ve imponente desde aquí. En qué jefazo se ha convertido este Luís. A eso lo llamo yo ser un auténtico killer.