La cloaca del cosmos

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La conversación había agotado su fase más maquinal, habíamos hablado ya de nuestros lugares de origen, trabajo, y estudios. El espacio entre ambos había quedado a merced del silencio. Pasamos junto a un panel informativo que decía: “Bosques de Troncogrande, 3 Km”, y fue como si la señalética de la carretera hubiese tomado la iniciativa de sacarnos de nuestro bache conversacional.

—¿Sabías que ahí, en Troncogrande, se han hecho un montonazo de avistamientos de ovnis? —dijo Ignacio, inclinándose levemente hacia mí desde el asiento del conductor. Mantuvo su mirada fija en mí, más que esperando, exigiendo una respuesta. Y pensé que no iba a volver a prestar atención a la carretera a menos que yo dijese algo. “No tenía ni idea”, fue lo único que acerté a decir. Para mi alivio, retomó su rol de conductor con la atención debida. 

A Ignacio lo conocía desde hacía más o menos una hora, cuando me había recogido en el punto de encuentro acordado a través de la app de Blablacar. El otro pasajero con quien íbamos a compartir el viaje había cancelado su solicitud poco antes de salir, así que viajábamos solos él y yo. Los comentarios que el resto de usuarios habían dejado sobre Ignacio en la app no eran desfavorables, pero había varios de ellos que insistían en lo mismo: “quizá demasiado insistente con las historias de ovnis”, “todo bien salvo si la charla cae en temas de conspiraciones y demás”, “si no te importa el monotema misterio, mejor, porque le va cantidad”, o “desde que viajé con Ignacio no dejo de mirar al cielo, la verdad está ahí fuera”. Mi interés en el tema era inexistente, pero tampoco había pensado en una propuesta alternativa. Así que supuse que, si Ignacio quería ir por ahí, podía cederle la manija de la conversación mientras yo me mantenía a cierta distancia, soltando alguna réplica vaga, pero sin llegar a involucrarme decididamente.

—Que por cierto, ahora ya no se lleva hablar de ovnis, sino de FANI, que son “Fenómenos Anómalos No Identificados”.

—¿Los FANI? Pues no tenía ni idea —respondí tan pronto como pude, tratando de aplacar el temerario afán interrogatorio de su mirada.

Poco después, al pasar junto a una señal que indicaba el desvío hacia Troncogrande, Ignacio dijo:

—Vamos bien de tiempo. Podemos hacer una pequeña parada en Troncogrande, a ver si tenemos suerte. Hay una instalación militar cerca, pero si nos acercamos con “sigilo” no creo que nos vean.

En esta ocasión no esperó mi respuesta, sino que dio un volantazo brusco a la derecha y enseguida nos encontramos transitando una carretera secundaria con evidentes deficiencias de iluminación. Yo intenté argumentar que no era necesario, que nos podíamos perder a estas horas de la noche. Pero él decía que no, que conocía el sitio y que estábamos muy cerca. Al poco rato se metió en una pista forestal sin asfaltar. Cuanto peor era el pavimento, más aceleraba Ignacio. Desde las partes bajas del vehículo se oía un relincho quejumbroso y metálico, el grito de auxilio de una máquina moribunda. Yo era presa de una parálisis angustiosa, con mi espada cada vez más tensa y más aplastada contra el respaldo. Estaba a punto de decir algo cuando Ignacio pisó el freno con tanta fuerza que creí que al cinturón de seguridad se le iban a saltar las sujeciones. Su concepto de “sigilo” distaba mucho de lo que yo había aprendido en la escuela secundaria.

—Es aquí —dijo Ignacio al tiempo que abría la puerta y echaba un pie a tierra—. ¿Quieres venir? —y de nuevo me dirigió esa paciente mirada inquisitoria suya.

No tenía claro lo que estaba pasando, pero intuyo que dije que no con un gesto de cabeza.

—No te preocupes, no tardaré. Tal como está hoy el cielo será fácil comprobar si habrá visita o no.

Lo perdí de vista. La incómoda calma en la que me sumergí entonces hizo que una idea fugaz se fuese haciendo más y más presente cada vez: todo esto estaba siendo una treta de Ignacio para asesinarme. Haber propuesto un tema de conversación que no había sido más que una hábil maniobra de distracción, su aspecto inocente y su cordialidad inicial (a buen seguro fingida) y, finalmente, desviarnos a toda prisa a un lugar en mitad de ninguna parte, con el terreno despejado para perpetrar un crimen; todo ello formaba parte de una estrategia que ahora veía evidente. Probablemente tendría armas ocultas en algún lugar del bosque, e incluso una zanja excavada a donde irían a parar mis huesos. Maldije mi ingenuidad, mi inutilidad, mi torpeza al no haber sabido atar todos estos cabos mucho antes.

A juzgar por las reseñas online, no debía matar a todos sus pasajeros. A no ser, claro, que todas esas reseñas fuesen en realidad falsas reseñas subidas por el propio Ignacio. Mi ineptitud me estaba impidiendo pensar alguna estrategia de supervivencia, o un plan de huída, algo que resultase de provecho en la situación tan terrorífica en la que me encontraba. Solo era capaz de pensar qué falsa reseña subiría Ignacio en mi nombre después de asesinarme: “su conducción es tan sosegada y envolvente como su conversación”, o “Ignacio divierte y entretiene mientras va a donde su pasajero quiere”. Espeluznante.

Un súbito fulgor verde barrió todo cuanto alcanzaba a ver desde el coche. Fue una especie de destello breve, pero hipnótico, como si durante un instante una cúpula esmeralda hubiese caído sobre el lugar donde me encontraba, quebrándose en un estallido luminoso y mudo, tras lo cual la oscuridad retomó su lugar.

La calma que sobrevino a aquella brevísima tormenta de verdor sólo se interrumpió con el regreso de Ignacio. Irrumpió en el coche jadeante y alterado, sosteniendo una extraña bolsa con la mano derecha. Yo me aparté por instinto, aplastando patéticamente la cabeza contra la ventanilla de mi lado del coche.

—Tengo una bomba —dijo Ignacio.

—¿Cómo que una bomba? —dije, con un hilo de voz ahogado.

—Una bomba informativa, un hito histórico. He presenciado un auténtico FANI, ¡al fin! —dijo, y en su mirada se volvía a adivinar esa exigencia de respuesta por mi parte.

Me despegué de la ventanilla para asomarme lentamente al interior de aquella bolsa. Lo que había allí dentro tenía toda la pinta de ser mierda. Además, olía a mierda, y estoy convencido de que si la hubiese probado hubiese sabido mierda; pero no lo hice. En lugar de eso, pregunté:

—¿Qué mierdas es esto?

—No estoy seguro, pero es probable que sean restos biológicos, de origen extraterrestre. Tengo contactos que me lo podrán analizar, pero me huelo que es algo muy potente.

Depositó la bolsa en un portaobjetos junto al asiento y continuamos nuestra ruta hasta llegar a destino sin más incidencias que las penalidades que pasé para abrir la ventanilla de aquel caduco aunque todavía milagrosamente funcional vehículo.

Tras despedirnos, nunca volví a ver a Ignacio, algo que al principio agradecí. Aunque confieso que con el paso del tiempo me picó la curiosidad de saber algo de él. ¿No había dicho que tenía una bomba informativa de alcance histórico? Como no había vuelto a saber nada al respecto, acabé buscando el perfil de Ignacio en las redes sociales. Y lo que encontré me sorprendió. Sus publicaciones más recientes eran exclusivamente sobre ganchillo. Imágenes de suéteres, tops, mantas, bolsos o muñecos, hechos con lana. Tuve que profundizar bastante en su historial para encontrar algo relacionado con los ovnis. Su última publicación con esta temática era precisamente una imagen de la bolsa que me había enseñado. El texto que acompañaba decía algo así como: “Decepcionado. Después de toda una vida dedicada a desvelar una verdad que muchos tenían interés en que permaneciera oculta, al fin existen evidencias de que no estamos solos en el universo. Pero nuestros vecinos no nos profesan el mismo respeto que nosotros siempre les hemos dispensado. He descubierto que, por desgracia, el humilde trozo de roca que habitamos, nuestro planeta-hogar, tan solo es un estercolero para el resto de la galaxia. Si alguno de esos pequeños seres ha parado alguna vez por aquí, tan solo ha sido para dejar sus excrementos y largarse sin dar ni las buenas noches. Y, para mí, eso es una bandera roja de manual, por mucho que luego vayan por el universo adelante emitiendo sus lucecitas y sus destellitos verdes. Somos la cloaca del cosmos. Pero esto no me va a derrotar. A mal tiempo, buena cara. Me bajo de este tren. Si alguien te tira su mierda por encima, es que ahí no es. Cierro una etapa. A partir de hoy, nuevas metas y nuevos objetivos. Sin miedos, y con la ilusión a tope”.

A partir de ahí ya solo había ganchillo. Y la verdad es que todo lo que tejía tenía muy buena pinta, se le daba realmente bien. Dejé un “me gusta” a varias de sus obras. Quizá yo también debería hacer algo con mi vida. No sé, quizá sacarme el carnet de conducir.

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